Breves - e improvistas- dedicatorias
Para mis amigos:
Iniciando por lo obvio: la amistad es un raro milagro que no exige sangre ni apellido (solo un acuerdo tácito de complicidad) y es el lazo silencioso que nos rescata del abismo.
Los amigos son testigos de nuestras derrotas, los únicos que no huyen cuando las heridas del alma comienzan a filtrarse y no permiten que agonicemos solos porque se dedican a construir puentes con nuestros escombros. Aparecen con una celestial precisión en el júbilo y la fatiga sin necesidad de ser convocados con el propósito de tender su mano sin condición y comprender sin hacer preguntas. Todos los amigos son espejos de nosotros y nos devuelven nuestra imagen más noble.
Y lo más importante: no admiten jerarquías, categorías ni rangos porque la amistad es entre iguales.
Nunca se lo leí a Camus, pero internet dice que es de él: «No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo».
Para mi tradición:
Bernardo Cano García, en su libro Tatamá sobre relatos de guaquería (en los ratos libres, el oficio de mi bisabuelo paterno) escogió un epílogo muy acertado: «yo no escribo español, sino antioqueño». ¡Qué hermosa sentencia sobre la identidad! El lenguaje con el que conocí el mundo fue el de mi madre: 'qué pesar del finadito', 'no enrede la pita', 'no se ponga ese armatroste', 'lo cogió de brete', 'no dé cachete', 'vístase en bombas', 'aleje a ese garoso', '(...) y uno paga el pato', 'lo cogen de destrabe', 'no se ponga a barequear', 'lave los tiestos', '¡las guamas!, ¡la pistola!... ¡las pelotas del marrano!'
Esta es mi tradición. Vengo de la montaña, de trapiches trasnochadores y cafetales empinados, hijo de jornalero acostumbrado al trabajo largo, lunguiar en compañía y a casas de madera donde la baldosa se reservaba para el baño (si mucho para el mesón). Mi ascendencia cuenta historias de familias gigantes que descasaban los pies en un costal, nacían por parteras, compartían camas de esteras y tenían la fe puesta en las bebidas de ramas. Eran conocidos por todo el pueblo porque todos se conocían con todos. También estaban lejos de la filosofía francesa, los movimientos contraculturales y las tertulias citadinas, además, nunca experimentaron la tal política del desarrollo. Entonces, ¿por qué se mata al buen vecino por una ideología ajena?
Para mí:
La mamá de Facundo Cabral, y de alguna manera la mía, tenía la formula de la felicidad dada por San Francisco de Asís: «Deseo poco y lo poco que deseo, lo deseo poco»... Idea que parece cercana a Seneca. Lo más valioso rara vez lo compra el dinero y la dicha consiste en gozar lo que tenemos y luchar por lo que merecemos: ver un amanecer, oler un árbol, escuchar el ladrido de un perro, caminar con amigos, conversar en la buseta, leer buenos libros, desayunar en familia con la sazón de la casa y aburrirnos en el mueble.
Más educación de calidad, salud digna, vivienda y no pasar hambre, obviamente.
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