El cementerio como vida nueva
Cementerios verticales de Hong Kong. Fotografía de Finbarr Fallon del proyecto Dead Space.
El título puede interpretarse, a primera escucha, en sentido figurado; mas la propuesta es literal: debemos repensar los cementerios
En primer lugar, es crucial reconocer los cementerios como un patrimonio fundamental de la ciudad porque es testimonio de nuestra memoria, cultura, historia, arquitectura y susurro espiritual. No obstante, las prácticas actuales de los cementerios deben evolucionar hacia un simbolismo que nos ayude a relacionarnos mejor con la muerte, haciendo una metamorfosis de sus ritos en prácticas más dignas y relegando la forma en que se constituyen actualmente a la historia.
Los cementerios son muy antiguos, pero los que hoy conocemos brotaron del vientre moderno, nutridos por las necesidades sanitarias y urbanísticas de los siglos XVIII y XIX. La Real Cédula de Carlos III (1787) prohibió el sueño eterno bajo los techos sagrados, dando paso a los primeros cementerios extramuros. Durante el siglo XIX, florecieron los cementerios públicos y más adelante la Revolución Industrial impulsó sistemas más eficientes, como los nichos* del Cementerio de Montjuïc (1883) en Barcelona. En el siglo XX, aparecieron nuevas prácticas como la cremación y los cementerios verticales, ejemplificados en el memorial de Pelé en Brasil o los cementerios de Hong Kong fotografiados por Finbarr Fallon.
Los cementerios a lo largo de su evolución siempre han sido la memoria de todos los seres que han habitado el mundo, reflejan nuestras creencias, nuestro arte y nuestra forma de entender la muerte, como la tradicional festividad del Día de Muertos que se celebra en México, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad declarado por la UNESCO. Sin embargo, algunas personas pueden considerar que los ritos y protocolos actuales para enterrar a un ser querido son indignos.
En primer lugar, lejos de la mirada de los dolientes, la tanatopraxia convierte al cadáver del difunto en una versión artificial de sí mismo, maquillándolo, vistiéndolo y colocando las manos cruzadas simulando un estado de paz. Luego, los ritos religiosos ofrecen la oportunidad de procesar el duelo por medio del rezo de la iglesia militante por la iglesia purgante para pedir la intercesión de la iglesia triunfante de los santos en el cielo, la proclamación de la fe en la vida eterna y el acercamiento a la plenitud de Cristo. Al terminar la misa, el cuerpo viaja en procesión hacia la tumba, para ser confinado en bóvedas estrechas y uniformes, donde solo la fría lápida y su breve epitafio rompen la monotonía de un cúmulo interminable de nichos apilados.
El cuerpo, reducido a mercancía funeraria, queda confinado en una jaula de descomposición donde los escarabajos y las moscas necrófagas devoran los restos de lo que fue su sagrado santuario, despojando la carne y dejando sólo el hueso, a menudo arrojado al anonimato de una fosa común, o reducido a un despojo plástico para llevarlos a un osario, convirtiendo lo que alguna vez sostuvo un abrazo en un desecho. ¿Dónde reside la belleza en este perverso rito que pisotea la dignidad postrera profanando el cuerpo? No hay nada memorable, ni consuelo palpable, ni trascendencia sentida, pues el cuerpo se vuelve desperdicio. ¿No hay mayor honra en devolver el cuerpo desnudo a la tierra madre, ofrendarlo a la “casa común”, a la reintegración digna y poética con la naturaleza? Así el cuerpo será materia que engendra vida, un legado eterno, un tránsito sereno. Árboles brotarán de su esencia y la muerte será un eslabón en la cadena de la vida.
Así, los cementerios claman por ser repensados. ¿Y si, en lugar de disfrazar el cuerpo y encerrarlo en la estrechez, le permitimos fundirse con la tierra y renacer en vida? Proyectos como Capsula Mundi en Italia nos muestran el camino: convertir el cuerpo en sustento de un árbol. El difunto se deposita en una cápsula biodegradable y ahí se planta un árbol para que con el tiempo, los familiares puedan visitar no una losa fría, sino un roble o un olivo vivo, símbolo de la vida que muta. ¿No es más hermoso, acaso, abrazar la vivacidad de un árbol que llorar ante los restos confinados en un hueco de cemento? Los cementerios persisten como memoria, pero ya no de muertes, confinamiento y tumbas, sino de la vida humana que se transmuta en naturaleza.
Estas propuestas no buscan erradicar los cementerios tradicionales, sino evolucionar su concepto: de espacios de muerte a lugares de renacimiento y sana transición. Una forma de honrar a quienes partieron mientras cuidamos el mundo que dejamos a quienes vendrán después. Este es el verdadero legado que merecemos dejar: no tumbas olvidadas, sino bosques vivos que narren nuestra historia a las generaciones futuras. Después de todo, ¿qué epitafio más hermoso que convertirse en vida nueva?
* Los nichos son conocidos en Colombia popularmente como bóvedas.
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