Los aciertos de Un Mundo Feliz

Imagen de Pinterest: Are You Free? They Live, John Carpenter


La literatura distópica se ha caracterizado por hacer descripciones bastante crudas, indeseables, pero que resultan muy acordes con la realidad. Es inevitable hacer paralelos con la actualidad cuando leemos 1984, El talón de hierro, Nosotros, Fahrenheit 451, El proceso, Ensayo sobre la ceguera o Los juegos del hambre; sin embargo, ¿sucede lo mismo con Un Mundo Feliz?

La facilidad para hacer los paralelos radica, en gran parte, en la ubicación temporal. Estas novelas describen, en su mayoría, un futuro inmediato (siendo la más lejana Los juegos del hambre). No obstante, Un Mundo Feliz habla de una sociedad del siglo XXVI (632 después de Ford: año 2540); por lo tanto, ¿los hechos narrados corresponden con el presente o son propios de un futuro distante e, incluso, improbable?

El primer escenario del libro es el Centro de Incubación y Condicionamiento de la Central de Londres donde se desarrolla un método reproductivo que no necesita intervención de una madre o un padre para gestionarse; es decir, los bebés son producidos en masa al estilo industrial. La técnica de Fecundación In Vitro (FIV) y el avance de la tecnología reproductiva dan fe sobre la posibilidad de una sociedad como la imaginó Huxley; en consecuencia, sus ideas no son tan descabelladas ni tan lejanas.

La Predestinación social y la estratificación genética son un pronóstico bastante acertado. En especial, en una sociedad sumamente desigual como Colombia donde las diferencias de clases es muy marcada. El rango social es casi completamente rígido cuando a una familia colombiana le toma ¡11 generaciones! salir de la pobreza y en el cual el 67,3% gana menos de $781.120 y solo el 2,8% gana más de $4.206.033 (DANE, 2022). Por lo tanto, la gente que dice que el «pobre es pobre porque quiere» está muy perdida. Acá los Alfas y los Épsilones existen y tienen otro nombres.

Una sociedad feliz construida por el Soma es otro gran acierto. No es un secreto la sobreestimulación a la que estamos expuestos mediante las redes sociales, las plataformas digitales, los videojuegos y, por supuesto, las drogas, entre ellas, el alcohol. Por lo cual, la gratificación instantánea se constituye como la forma más común de liberar dopamina: se confunde el placer inmediato con felicidad. Incluso, en vez de mejorar hábitos y rutinas, la solución actual es tomarse una pastilla «contra el malestar».

En esa actividad de gratificación instantánea no se puede pasar por alto a una sociedad basada en el consumo e hiperconsumo. Esta idea ha preocupado a muchos pensadores postmodernos como Lipovetsky, Chomsky, Bauman con la modernidad líquida, Byung-Chul Han o Fromm con el Homo Consumens. Para mí, Lipovetsky refina muchos conceptos presentados por Huxley como el elogio a la juventud, lo efímero de la moda, la cultura de masas, el pasado y lo trágico como lo malo. Por otra parte, Chomsky cree que estamos adoctrinados bajo una lógica empresarial -producción en masa de Ford- y está en línea con Byung-Chul Han cuando dice que el consumo no nos hace libres sino esclavos. Creemos que somos libres, pero estamos condicionados por un disimulado sistema que nos quiere consumiendo.

La hipnopedia, por otro lado, se presenta hoy en día por medio de las redes sociales. La «Personalidad pastiche» de Gergen nos ayuda a entender la construcción de nuestros comportamientos por medio de la información que recibimos. El bombardeo de discursos a los que estamos expuestos nos induce a actuar y nos da una falsa noción de libertad: solo se están repitiendo los mismos contenidos.

La banalización de todo es parte de nuestra realidad. Se pierde la humanidad cuando se produce y piensa en masa (alusión a Ford), cuando se abandona la intimidad, los vínculos genuinos, lo privado y la individualidad, cuando se actúa según la utilidad y no según los impulsos que nos hace humanos, cuando se utiliza el sexo para satisfacer una necesidad primitiva, cuando se pierde la sensibilidad ante la muerte, cuando no se permite la vulnerabilidad. La trivialización de la lectura («libros de referencia»), por colocar un caso, es algo usual: los libros de autoayuda, la lectura para «mejorar la ortografía», para ser «inteligente» o para cumplir con un requerimiento de citas bajo las asfixiantes normas de la academia hace que se pierda la lectura como un oficio transcendente. 

Hemos deshumanizado nuestras actividades más sensibles. La música que debería agitar la profundidad de nuestras vísceras es producida por sintetizadores y es acompañada por una buena dosis de AutoTune, la pintura ya no es una ocupación íntima sino que se emplea para fines comerciales y la aparición de NTF apoya artificios financieros que no ayudan a desarrollar una inclinación legítima a una vocación artística seria. El cine, por otro lado, está repleto de cineastas que no estimulan la capacidad intelectual de los espectadores y crean películas sobre-explicadas con una historia que reciclan una y otra vez y el único cambio aparente es la diferencia en el nombre de los personajes - si lo acompañamos con la realidad virtual, obtenemos los Sensoramas descritos en el libro. Los hechos anteriores han sido teorizados por la Escuela de Frankfurt cuando introduce el concepto de «Industria Cultural» para explicar la forma en la que se ha orientado el arte moderno como mercancía para la obtención de beneficios económicos.

Finalmente, una característica importante de esta obra es que el éxito de la economía centralizada es lograr el control social mediante efectos alegres; por consiguiente, es menos visible, pero más efectivo.

En consecuencia, los hechos narrados en Un Mundo Feliz corresponden con el presente y no son, necesariamente, propios de un futuro lejano: los estamos viviendo. 

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